sábado, 20 de diciembre de 2008

Una noche de tormenta

Era noche oscura, de cielo encapotado. Una de esas noches en la que los truenos serán participes de cada campanada del reloj de la iglesia del pueblo. Una noche en la que, cuando cae el más fuerte de los aguaceros que los viejos del pueblo pueden recordar, sales a la calle, botella en la mano, gritando al cielo que la corriente de sus relámpagos te deje muerta en la acera y así puedas ser la pobre hija de la Marife que tuvo mala suerte y no la desgraciada que se ahoga con sus propias lágrimas.

Era pues, una noche oscura de cielo encapotado en la que me hallaba con la botella en la mano, en el antro más oscuro del pueblo, donde los desgraciados íbamos a ahogar las desgracias.

En la barra, pegajosa por el azúcar de las etanolizadas bebidas, dos hombres enclenques, demacrados y marchitos permanecían en silencio, con la cabeza gacha compartiendo la consumida luz de la vida, el lastimero quejido del llanto, el abatido empuje del alma y la lúgubre luz de antro.

En una de las mesas un viejo con aire trágico levantaba lentamente el vaso contenedor de su bálsamo, como si se tratase de éter que fuera capaz de conservarlo. A sorbos se acabo la espesa bebida, cogió su bastón y con aire consumido, semblante de amargura y figurada encorvada salio del antro silencioso como si la parca le esperara.

En la mesa arrinconada estaba ella, macilenta y desgraciada. A grandes tragos que abrasaban su ya quemada garganta, bebía.
Su dipsomanía corrompía la imagen que tanto tiempo atrás había proyectado. Sus rasgos no podía ser considerados menos que una divina ensoñación. Cabellos de ángel, que reflectaban los rayos cálidos del sol de primavera adornaban su pálida tez coloreada de tiernas y perfectas pecas de suave tono anaranjado; su cuerpo menudo, la gracilidad de sus movimientos, el color de la naturaleza atrapado en sus ojos y las sonatas de su voz. Nada quedaba de esa imagen en aquella estampa proyectada en aquel tugurio pestilente.

Me acerqué a ella y la abrace.

Sentí sus brazos apretándome contra su etéreo cuerpo.

Ella me devolvió el abrazo y salimos del bar.

Sus lágrimas abrasaban sus mejillas cuando se le escurrió la botella. Llovía a mares, de esas tormentas que ni los viejos recuerdan. Y ahí termino.

No sentí más que el agua de la lluvia abrasando la piel de mis consumidas mejillas.

A la mañana siguiente todo el mundo hablaba de la pobre hija de Marife que murió fulminada por un rayo.

jueves, 11 de diciembre de 2008

When Aïcha meet Nimrod

Hacia tiempo que él me sugería la idea de hacerme un blog y de unirme a vuestros mundos. También es cierto que hacia ya algún tiempo que os leía entre las sombras comentando con él vuestros posts.

Llevaba sin escribir tantos años que, sinceramente, no me veía capaz de hacerlo con la maestría que todos demostrabais. En parte, los miedos que había en mi cabeza con respecto a este tema, volvieron a aflorar como las flores silvestres en primavera.
Puede parecer absurdo pero le tenía incluso pavor a un a página en blanco. En mi cabeza no existía la posibilidad de que mis manos fueran acorde con mi imaginación y fuesen capaces de plasmar fiel y armónicamente las imágenes que venían a ella.
Pero necesitaba una terapia porque, la espiral que tantos años atrás había creado, se había hecho demasiado grande para afrontarla con el silencio al que tanto me había acostumbrado.

Así que me hice el blog y recordando la época en la que mi explosión artística era mayor, me llame Aïcha. Era hora de volver a saber que yo también soy letras.

No le dije que era yo. No me sentía con fuerzas para ello. ¿Por qué? Pues muy sencillo, el escribía asiduamente y se consideraba un poeta, yo no era más que un canapé en este nuevo mundo cuya mayor critica la recibiría de mi misma y no quería que nadie me endulzará el oído frente a mis nuevos primeros pasos.
Así que manteniendo oculta mi identidad me fui forjando una nueva confianza ante mis letras.

Al principio empezamos con mal pie. Él, en sus comentarios, se mostraba irónico y lacónico. Cierto es, que su vida estaba un poco vuelta del revés en esa época.
Al poco de empezar a escribirnos y, en parte, de llamar su curiosidad, lo cual se denotaba en un seguimiento continuo en mi blog, empezó a preguntarme si yo era Aicha. Obviamente mi negativa era siempre directa y rotunda.
Es cierto que era relativamente fácil darse cuenta que era yo, Duna, pues hemos pasado tantas horas juntos que mis labios y mi manera de expresarme en los comentarios que asiduamente le dejaba no estaban enmascarados.

Al poco tiempo me ofreció la idea de escribir un texto conjunto y acepte. Ambos lo escribimos por separado y cuando lo tuvimos propuso quedar para plasmar ideas conjuntas. Al tener yo, la suficiente confianza acepté, sin duda creo que mi sonrisa de oreja a oreja y mi respiración entrecortada por las carcajadas no tenía precio.

Quedamos en el Pub Merchant’s de Sevilla. Un sitio asiduo para él donde se refugia para escribir.

Así que dicho día me fui para nuestro encuentro que se presentaba muy divertido.

Entré tranquilamente en el pub y subí a la segunda planta para verlo despanchingado en el sofá con su cerveza, su cara de sorpresa fue inigualable.
Le pregunte que hacia allí, si lo sé que mala de mí, y me dijo que había quedado con Aicha. Obviamente yo sabía quien era y conocía toda la historia porque os leía entre sombras jeje.

Yo le dije que había quedado con un muchacho que había conocido por Internet. Iluso de él se lo creyó y me hecho el típico sermón padre con la respectiva coletilla de “si pasa cualquier cosa me llamas ipso facto”.

Al rato de estar allí hablando y de ver que ni su cita ni la mía aparecían vi, como su cara se movía a cámara lenta mientras se levantaba gritando:

LA MADRE QUE TE PARIOOOOO

Podéis deducir que se dio cuenta de quien era yo y por supuesto me moría de la risa.

Se acercó a mi, me dio un beso en la mejilla y cuando creo que me va a dar un abrazo en plan “ains chiquitina…” me frota el pelo despeinándome ¬¬

Las consecuencias se las llevará el día menos esperado ^^

Saludos Nimrod y besos a todos

sábado, 6 de diciembre de 2008

¿Cuánto pesa un corazón?



Hoy me doy cuenta de que no se cuanto pesa el mío.
Siempre lo supuse lleno de emociones y sentimientos.

Siempre le considere el sitio donde descansa y albergo todo el amor que pude, puedo y podré sentir.


Es el rincón de mi cuerpo más frágil pero el más querido.

Porque es la parte que me da cuenta de la vida que fluye por mi, de la que se estremece con un cálido beso en la mejilla, la que sonroja mis mejillas ante una mirada encontrada, la que se acelera hasta hincharse de tal manera que me oprime los pulmones impidiéndome respirar, la que bombea velozmente el rubí de mis venas…
Porque si el falla, fallo también yo.
Por que si el me abandona yo no existo, de hay su fragilidad.
Porque yo solo soy yo si esta él, porque yo solo soy yo si él no me abandona y me deja deambulando por la tormenta de arena que se encuentra en mi desierto.
Por que si me encuentro sola le tengo miedo a todas las sombras y no soy capaz de ver bonitos sueños donde se hablan de miel y de risas, sin llantos ni silencios.

Un corazón sólo existe cuando lo tenemos lleno de sentimientos.

Entonces tú existes.
Cuando sólo se encuentra lleno de tristeza y soledad él se apaga y tu con él.

Y ahora, que me hayo consciente de este descubrimiento le dirijo a mi corazón, esa pequeña parte de mi ser, que puede llenarse de amor y de esperanzas, porque yo le quiero, aunque no haya mas nadie, yo le quiero y nunca dejaré que se caiga de mis manos. Porque, aun en silencio, le velo.