jueves, 1 de abril de 2010

Ella es así...

Es mi mejor amiga y por eso mismo puedo escribir una crónica sobre su persona. Seguramente nunca lo leerá pero ella sabe y aprueba el contenido que pienso describir aquí, porque precisamente es mi mejor amiga y porque entre nosotras no hay secretos.

Creo que no puedo ni siquiera titubear al decir que es la chica más optimista que conozco. Siempre es capaz de verle el lado positivo a todo. Es incapaz de rendirse ante una tarea por grande y por mucho que la supere. Ella es optimista con mayúsculas aunque débil en la trastienda de su subconsciente. Precisamente el optimismo es su escudo. Si la vida le da una patada ella se da la vuelta y sonríe. Agradece los golpes dados, besa las piedras con las que se tropezó porque, según ella, son parte fundamental de lo que la compone. Rara vez la he escuchado maldecir algo que le hayan hecho, por contraposición puedo decir mil maldiciones que se ha atribuido a su persona. Se siente culpable de todo lo que hace si le sale mal, y no deja recaer la culpa en los otros, porque dice, que al fin y al cabo, es ella quien les permitió actuar así con ella, con su entorno o con ellos mismos.

No termino de saber si ese compartimiento es el más correcto de todos pero la ha hecho fuerte para levantar de cada caída, que si hacemos cuentas, no resultan pocas.

Ella es generosa, amable, paciente, entregada, amorosa, pasional. Ella es cabezota, testaruda, servicial, descuidada, olvidadiza. Ella son tantas cosas que provoca que la quiera con locura.

Solo le falta una cosa para ser una “super-mujer”. Y esto me lo confesó el otro día en una llamada inesperada.

Imaginaos la situación. Tú tranquila en tu casa, sentada en el sofá mientras lees un libro. Suena el teléfono y comienzas a hablar con ella.

Me dice que acaba de salir de la ducha y que se ha dado cuenta de cuál es su mayor defecto. Le dices que anda loca “perdia” como decimos los andaluces. Pero te pide que la dejes hablar.

Este es su monólogo:

“Me he dado cuenta de cuál es mi mayor defecto. Ahora mientras me duchaba. ¿Sabes? Puedo encontrarme mil taras físicas, que a ojos de los demás pueden serlo o no. Puedo escudriñar mi alma a pedazos y ver que la lista que conforman mis defectos y virtudes, o mejor, la lista de todos esos calificativos que conforman lo que soy, es demasiado subjetiva. Cada uno puede percibir cada una de mis definiciones de maneras diferentes. Pero, mientras me duchaba, me he dado cuenta de cuál es el defecto que no me gusta de mí. Y es la dependencia que le tengo a la ternura.

Si no fuera por eso, no tendría nada por lo que no sonreír. Pero dependo de que alguien, mínimamente de vez en cuando, muestre un poco de afecto por mí. No por parte de amigos y conocidos, si no por alguien que me ame por toda esas palabras que forman mi ser.

Si pudiera dejar de depender de esa necesidad imperiosa de sentir algo más que amor entre amigos sería feliz al 100%.

Ya sabes amiga mía, que en mi agenda telefónica existe más de un número a quién llamar cuando mi cuerpo requiere ciertas atenciones, e incluso he podido comprobar que un mensaje tan claro y conciso como “no se si andas libre o con alguien pero a ver cuando nos vemos para tomar un café si es lo segundo o para otras cosas si es lo primero. Besos” puede generar una respuesta inmediata y una noche de pasión bajo la luz de la luna.

Me considero atractiva, aunque existan zonas de mi cuerpo que me da pudor enseñar. Aun así, exploto al máximo, o mejor dicho, todo lo que puedo, la sensualidad de la que muchas mujeres no hacen ningún tipo de alarde. Soy cariñosa y entregada en el amor. Salvaje y pasional en la cama. Soy todo lo que cualquier persona quisiera tener a su lado, sin embargo no encuentro a nadie con quien compartir esa ternura que mis poros sudan. Necesito querer a alguien para ser completamente feliz y eso me mata por dentro.

¿De qué me sirve ser tan “perfecta” a los ojos de quiénes me rodean y me quieren si no puedo compartir con nadie todo lo que en realidad soy? Porque sí, tu eres mi mejor amiga y me conoces y comparto contigo mil cosas, pero no todo lo que puedo ser al mismo tiempo.

Azul, te dejo que voy a terminar de ordenar mis pensamientos. Te quiero mucho amiga. Gracias”

Ese fue su monólogo y ahora, después de meditar cada una de las afirmaciones que ella hizo me doy cuenta de que tiene razón. Es perfecta en todos los sentidos pero le falta olvidar la dependencia de creer en el amor.

Porque, amiga mía, al fin y al cabo los príncipes azules siempre destiñen como dice alguien en una canción.

1 comentario:

X dijo...

Como dice Tontxu, así es... soy el primero que detesta las generalizaciones, pero encuentro que muchas, muchísimas chicas tienen esa dependencia, necesitan tener novio o al menos estar enamoradas/enredar con alguien. A todos nos gusta el sexo, también a los hombres nos gusta el amor, pero no suelo ver esa necesidad que sí veo en ellas. Y es un hándicap, sí.